el penultimo truco de magia del gran escapista del rock and roll

ay, el viejo bobo Siempre tan predeciblemente esquivo, incluso ahora que anda fundiéndose con su propio crepúsculo. Grazna más que canta, trocea sus canciones fintando cualquier línea de puntos y esconde sus viejos clásicos para mostrar, huraño y orgulloso, el género más reciente. ¿Un trilero en liquidación? por nada. Si acaso, un tahúr al borde del abismo. A bardo de cuerpo menudo y mirada transparente que no solo contiene multitudes: las maneja a su antojo y las castiga sin móvil teléfono Durante casi dos horas. .

Desintoxicación de la vida moderna por obra y gracia de quien fuera profeta del futuro. El san Juan Bautista del folk, en modo avión. Pero vaya, aqui estamos. Otras veces más. Sin teléfono a mano y con Dylan haciéndole un ‘selfie’ a su presente más riguroso. El de ‘Modales ásperos y ruidosos’. Nueve de dieciocho y casi pleno: sólo se deja ‘El asesinato más fétido’, monumental epopeya (también su primer número 1 en el ‘Billboard’; qué cosas) que hubiera alargado la noche coing minutos más.

Ni rastro de ‘Like a rolling stone’. Menos aún de ‘Blowin’ in the wind’. Y, sin embargo, nadie se lo quiere perder. En parte porque ya se sabía (hace años que, salvo leves modificaciones, Dylan repite el repertorio noche tras noche cada vez que sale de gira) y en parte porque da igual lo que toca. Al fin y al cabo, su gran obra maestra siempre ha sido el mismo. Bob Dylan por Bob Dylan. O eso nos gusta pensar. Sí, más de uno hubiera cambiado con gusto el concierto de anoche (y los últimos tres o cuatro en la ciudad, ya que estamos) por, pongamos, unos pocos minutos de la espídica y vodevilesca gira de 1975, pero si los teléfonos móviles están prohibidos, de las maquinas del tiempo mejor ni hablamos. Además, tampoco es que le hayan hecho nunca exceso de falta.

Así que aquí estamos, otra vez. Como en 2018. De nuevo en el Gran Teatro del Liceo, también en sesión doble. Por delante, más kilómetros y horas de autobuses. “Lo bueno de estar en la carretera es que te dedicas a dar alegría a los demás y te guardas tus penas para ti”, escribe el de Duluth en ‘Filosofía de la canción moderna’. Por detrás, nueve conciertos (el que hubiera hecho diez, en Huesca, tuvo que suspenderse por la lluvia) en seis ciudades y una minigira con la que, dicen, se ha despedido de España. A sus 82 años sería más que razonable, pero con Dylan sólo se sabe que no se sabe nada.

De momento, ahí sigue, mascullando entre las sombras, acariciando el piano. “Qué pasa conmigo, no tengo mucho que decir”, ladra con voz de lija y arena nada más salir a escena. Trajes de luces, silencio casi sepulcral y ‘Mirando correr el río’ en modo barullo. Sí, suena fatal. Pero volvió a subir. Vaya si lo hace. El mercurio líquido de ‘Mostly like you go your way (and I’ll go mine)’ es un carromato astillado, pero entonces llega ‘I contened multitudes’ y, ¡magia! Se levantó de la banqueta, arqueó las piernas y un espectador grita “¡yeah! «. Desde ahí, todo cambia. Aguarras, decapante y disolvente. A Dylan incluido se le escapó un sorprendentemente eufórico “gracias” y lo escuchó apresuradamente decir “te amo”. También saca de la chistera una inesperada y preciosa versión de ‘Stella Blue’, de Grateful Dead, y se toma su tiempo para presentar, uno a uno, a los músicos, haciendo como que no se acuerda (porque era broma, ¿verdad?) del tema del violinista Donnie Herron.

Completa el acompañamiento de Jerry Pentecost (batería), Bod Britt y Doug Lancio (guitarras) y Tony Garnier (bajo). Twilight blues, electricidad con arenisca y letanías brumosas. Tecnología punta al servicio del rock and roll. Desmadre eléctrico en ‘Tweedle Dee & Tweedle Dum’, «I’ll be your baby tonight» recién salida del desguace, y la armónica (¿quién dijo que ya no lo tocaba?) revoloteando sobre «Cuando pinto mi obra maestra».

En el guión, Dylan pinta y vuelve a pintar. Quema el lienzo y vuelve a empezar. ¿Para qué limitarse a fotocopiar la leyenda pudiendo inventarse una nueva, otra diferente, cada noche? Nuestros hemos acostumbrado a que, desde cierta edad, todo sean grandes éxitos, autohomenajes en vida y miradas retrospectivas como para quedarse bizco. Y Dylan, claro, no se conforma con ser una reliquia. Menos aún un mausoleo. Así que su penúltimo truco de magia es chasquear los dedos y, tachán, hacer desaparecer la nostalgia. Todo por aquí, nada por allá. Ni Houdini.

Deliberadamente o no, las nuevas canciones son las que mejor suenan. El pulso eléctrico de ‘Falso profeta’. Lo majestuoso allí envuelve a ‘Kay West (filósofo pirata)’. La prehistoria del blues de ‘Goodbye Jimmy Reed’ y ‘Crossing the Rubicon’. La epopeya contiene ‘Mi propia versión de ti’. Canciones-río que Dylan sirve con elegancia entre versiones deconstruidas y retorcidas de ‘To be alone with you’ y ‘Gotta serve another’.

Caso de horas de suspensión temporal que, sorpresa, a pesar de un par de reverencias y lo que parece un saludo con la mano. El público, en pie, pide más, pero él ya está a otra cosa. Pensando quizás en el concierto de mañana. O en todos lo que aún le quedan por hacer. Porque el de esta noche en el Liceo no parece el de alguien que este pensando en tumbarse al sol a beber mojitos.