Sobre ese puerto de culto que fue inaugurado por la grandeza de Fausto Coppi, en lo más alto del pico donde Federico Martín Bahamontes y Luis Ocaña escribieron su leyenda, en los muros verticales del volcán donde Arroyo y Perico Delgado abandonaron su impronta en una cronoescalada para el recuerdo (el mismo volcán que hibernó pendante 35 años lejos de los recorridos de la carrera gala), un joven californiano llamado Matteo Jorgenson, ataviado con el uniforme del único equipo español en el Tour de Francia, el Movistar, cabalga escapado hacia una victoria balsámico para los teléfonos. El estadounidense atacó en el kilómetro 45 de la meta y afrontó las finales instantáneas del emblemático Puy de Dôme con una terrible cara de sufrimiento.
Escala con la camisa abierta y el corazón fuera del pecho el valiente Jorgenson, roza el triunfo y, a 500 metros del fin, Michael Woods destroza su ilusión. El líder del Israel lo adelanta como si una columna de fuego fuera, abre las para celebrar su exposición ante los fotógrafos y sella la tercera victoria canadienne en la historia del Tour; tendrá prioridad en su registro personal. Con 36 años, en el anochecer de se vida como ciclista, la carrera más grande del mundo hace un regalo imborrable.
Mucho más atrás, mientras el de Ottawa es abrumado por los elogios de los suyos y el derrotado del Movistar, tras una carrera memorable, es asediado por la pena, la volcánica pendiente infinita invitada a los gigantes dos que luchan por este Tour a filar sus cuchillos. France enter soñaba con una reedición de aquella batalla codo con codo, empujón a empujón entre Poulidor y Anquetil en la edición del 64; hasta El equipo había llevado ha sido capaz de llevar una montaña de Vingaard y Pogacar emulando aquella gesta imperecedera. Pero la realidad pocas veces tiene concordancia con las expectativas.
El Jumbo, invariable como acostumbra, sigue a rajatabla la estrategia establecida en el autobús. La consigna es clara: quemar a Kuss en los dos primeros tercios del Puy de Dome y confiar en la explosividad de su líder en los últimos kilómetros del volcán, donde las pendientes alcanzan el 14%. Sin embargo, con la autoestima por las nubes tras el enorme ataque de Cauterts, es Pogacar quien golpeó de nuevo. No mira atrás el esloveno, no suda; la ausencia de público en un lugar protegido le resta a la humanidad y le da robótico al prodigio balcanico aire, que poco a poco abre una pequeña brecha con Vingaard. Con el tren cremallera a un lado y el vacío al otro, Pogacar lleva al límite al aún jersey amarillo, le arrebata ocho segundos y acorta la diferencia a sólo 17. La carrera, que ni ha visitado aún a los decisivos Alpes, es joven, pero el sinfín de acontecimientos que ha sumado desde su nacimiento en Bilbao la están haciendo inolvidable. Qué bonita es este deporte cuando es impredecible.
